lunes, 19 de junio de 2017

¿Es "ESTO" un milagro?

A veces te preguntas, con un nudo en la garganta o con el más silencioso de los  silencios en el alma,  si vivir es “esto”.

Y “esto” quiere decir minutos, horas, días, meses, años de nubes y sol, de risas y llantos, de amor y desencanto. De vida que viene y muerte que se va… De cuentas que debes pagar, o deudas que no terminas de cobrar… De obligación, de ese “no hay más remedio” que te esclaviza… O es ese sueño que no se va cuando suena el despertador y tocas con la planta de los pies el suelo, sin ser consciente que la libertad de los sueños es sólo eso: un sueño de libertad.


“Esto” es sinónimo de la rutina, de los platos sucios en el fregadero y un cerro de ropa esperando el calor liso de la fría plancha, es un ¿Qué comemos hoy?
“Esto” significa las prisas, el apuro, la falta de tiempo,  el tener que dejar alguna palabra por escribir o un beso que plantar en una mejilla o en unos labios. Es, tal vez, esa preocupación constante por el hijo, la hija, su futuro, su salud… Y no te das cuenta que lo tuyo va quedando atrás, en el andén de alguna estación por la que quizás no vuelva a pasar ni la suerte ni el tren en el que  huir.

Te preguntas si vivir es “esto”, y no miras tus manos a no ser que las tengas atadas por un arco iris o sumergida en el agua clara de alguna lágrima. no miras que tus pies que pueden caminar sobre trébol o espinos blanco te lleven por caminos nuevos y largos. No miras tu cuerpo si está sano, sólo si está enfermo le dedicas una mirada para ver que pastilla conviene tomarse. Piensas que tus brazos solo saben cerrarse  para abrazar a tus hijos,  a quien amas, a un amigo… Y nunca a quien te perdonó o a quien perdonas.

“Esto” es también el olor del verano que se acerca, el calor de la siesta, el trino del ruiseñor que pasa las noches cantando para complacer a su hembra, el verde de la higuera, la cereza después de ser flor pasajera. “Esto” es  sentir profundamente todo, la pena y la alegría, la riqueza de quien no tiene nada propio, y sientes a tu egoísta pobreza ensancharse  porque guardas y guardas. Es salir de los abismos disparado hacia el cielo, dejar que el alma se nos escape y vuele invisible recortando las nubes grises del azul invisible del cielo. Es, cerrar los ojos, cuando la realidad es dura, y sin abrirlos volver a caminar por los senderos que fueron hermosos. Y luchar, luchar por lo que amamos y porque  ese “esto” signifique que estamos vivos.

Gracias Virgen de la Cruz. Una vez más has susurrado a mi oído que, cuando se tiene fe, los milagros existen, que la vida es un continuo milagro. Gracias,  te debo otro ramo de blancas azucenas.



jueves, 4 de mayo de 2017

CARTA DE AMOR A MI MADRE.

Se acerca el día de la madre y como cada año hago publico algún escrito dirigido y dedicado a la mía. Hace siete años que se hizo luz y caricia de Angel... A mi me sigue iluminando y alguna vez, cuando menos lo espero, siento sus dedos acariciando mis manos.

Mi querida madre:

Desátame las manos, quiero cortar amapolas rojas y pintar con su sangre cada uno de los besos que guardados entre los labios, siendo tuyos, no pude darte. Son besos rojos, besos que  tan rojo que te van a doler cuando lleguen a  tu blanca carne.

Desátame las manos madre. ¿No ves que si no será la luna quien me rodee con su manto blanco y sentiré miedo?... La luna es una  mujer muerta, con ella sueñan mis sueños en las noches frías de Agosto. Me dá miedo.  La luna es una flor marchita porque las estrellas se olvidaron de regarla con agua de la vida. Me da miedo porque cuando la luna me habla , susurrando con voz de aire, me cuenta que tú no dejas de mirarme desde la ventana que el cielo te regaló cuando te llevó y cambiaste de casa y de vida.

Desátame las manos, corta el hilo de oro y música con que cosiste mis recuerdos a la angustia de no tenerte. Desátame y deja que las amapolas rojas que corté para ti vuelen hasta tu cielo y rodeen ese corazón que  sé que me ama.

Hoy, igual que ayer y que seguramente mañana, te echo de menos. Gira el tiempo en el agua de la ribera, en las hojas nerviosas de los chopos, en el canto mañanero del ruiseñor... Giran los recuerdos y las emociones que compartimos sentados bajo la morera en las noches de verano. Me estremecen aquellas historias,  los recuerdos de las personas queridas, las anécdotas de cuando tu eras joven o yo un niño... Te extraño cuando la tarde se hace noche y la noche día, y la madrugada  huele a hoja de laurel y cáscara de limón verde, cuando suena el agua de la ribera a serenata y parece que le contesta cantando el  tuno jilguero desde su nido entre las ramas altas del manzano. Tu recuerdo es de guinda en aguardiente, de canela y arroz con leche, de natillas con galleta redonda, de mermelada de pera... Es, es de tantas y tantas cosas...

Madre, lo he pensado mejor… No quiero que me desates. Quiero que el manto blanco de la luna se torne transparente como la voz de aire con la que me asusta cuando susurra a mi oído tu nombre. No me desate porque las amapolas de tan rojas se hacen azules lilas, lilas azules que huelen a ti, madre.

Si, lo he pensado mejor estar cosido al recuerdo de tu cariño me hace grande, me hace sentirte cerca, me hace alcanzar tu cielo y pasar por debajo de tu ventana para que veas que, al igual que tu, yo también te quiero.

                                              Tu hijo Lalo.

martes, 18 de abril de 2017

""" MI ORACION POR LA SEMANA SANTA """

Déjame declarar, jurando por lo mas sagrado, que ahora sé que me hace daño entregarme en cuerpo y alma a misiones imposibles. A ser el sastre de Vírgenes  casi olvidadas en  olvidados retablos. A ser el orfebre de coronas talladas en flor viva y a enfrentar  con indiferencia las caras, con ojos desencajados y sonrisas fingidas, de quienes miran el olvido de la olvidada Virgen. A huir de conversaciones con palabras de tres sentidos  e intrigas y actitudes  escondidas en lo más simple y en lo mas complicado a la vez: aparentar lo que no se es y creérselo de por vida.

Déjame decirte ahora que las amapolas duermen arropadas en sus semillas y antes de rebosar entre sus pétalos lunas nuevas, que he guardado en la palma de mis manos cien inviernos de días cenicientos y noches de escarcha fría. Que atesoré mis latidos en sobresaltos de pinceladas negras sobre el lienzo blanco, y aprendí a dibujar lágrimas sin agua, a tatuar en cielos verdes la encina antes de hacerse flor de fuego y humo de olores azules y malvas. A rezar junto a una urna de cristal que solo se limpia una vez al año porque a nadie parece importarle su contenido los días que no son Viernes Santo.

Déjame contarte cómo se tornan las sirenas en mujeres lectoras de horóscopos y cartas astrales, como los laberintos del mar se hacen caminos con piedras de nácar y horizontes de coral, cómo se escapa la vida a borbotones de entre las algas y la sal, o entre el limo verde y la pizarra gris de la ribera. Como las estrellas se tornan corona brillante que gira al rededor de la guapa imagen que se parece a la Virgen Macarena.

Déjame describirte cómo descubrí que casi todas las magias perdidas se hacen hermanas y en una espiral que no cesa me hacen sabio, el sabio coleccionista de risas, de amaneceres y atardeceres sin mañanas ni tarde, el recopilador de suspiros que saben a manzana verde, el mago que siente tras su capa como la vida y la muerte están tan juntas como la luz y la sombra. La muerte, la sombra... La vida y la luz que resucita  y es capaz de mover la piedra en que muchas veces se transforma el corazón.  Piedad, Cristo, suplico piedad por mis malos pensamientos que transformo en palabras que destilan, cuando quiero,  la roja sangre, sangre roja que brota tras el arañazo de la espina sin necesidad de ser corona.

Déjame escribirte en una servilleta de papel el número de mis años, la dirección donde se gastan mis horas y un corazón sangrando primaveras azules, garzas blancas que vuelan cruzando el equilibrio de las horas, que sufre y se alegra cuando el recuerdo de mi madre se hace presente en azul añil de la túnica que se mece debajo del cáliz dorado de un Ángel.   

Déjame dibujarte en la frente caracolas repletas de ecos antiguos, de palabras del mar bordadas en un verde casi azul, en un azul casi transparente, en un transparente cristal, en un cristal transparente de madrugadas vacías dónde duelen las marejadas sin barcos y las luces de lejanos faros tejen caminos de agua aun estando tierra adentro, en lo alto de los cerros sembrados de olivos, al lado de huertas centenarias que perdieron dueño y tierra, encima de barbechos de senaras donde el verano se transforma en culebra que serpentea buscando los pies desnudos de la Virgen.

Nuevamente déjame declarar, que no ha sido fácil bajar del coro de los cielos doseles y cortinas de plata y mantos rotos, su seda fue mal doblada y guardada sin mimo junto al olvido, escondidos en el baúl  donde también se ocultan las emociones con las que alimento a mis sueños y a mis horas rotas de tantos minutos inservibles.

Mejor, quizás... Quizás mejor... Ni declare, ni dibuje, ni escriba, ni describa, ni te cuente, ni te diga que esta opinión, sin animo de serlo, se transforma en oración y en rezo, en letanía o en súplica para que las campanas mudas de las gargantas mal intencionadas silencien tanta vela apagada y tanto cirio que se niega a arder. Sí, será mejor guardar silencio.


Amen.




sábado, 17 de diciembre de 2016

""EL BAILLE DE LA LIBELULA" ( X )


Carmen, nerviosa, en el fondo deseando ser protagonista de la curiosa historia que Santos se empeñaba que creyera, contemplaba el retrato de Don Ignacio, El Conde. Se preguntaba por qué Santos se había empeñado tanto en buscarle una familia. La familia… Él había tenido esa experiencia, que debía ser hermosa,  para ella esa palabra era solo una idea, que apenas se podía representar en sus emociones como ilusión y una realidad que alguien, quizás por miedo, o por amor, o por el que dirán, le había arrebatado. -¡que injusta es la vida!-  susurró.
-Parece un hombre misterioso. ¿Es tu padre?
Santos  estaba a su espaldas,  le miraba la nuca y como los mechones del cabello se hacían tirabuzón hasta llegar a  sus hombros. Dio un paso y se colocó junto a ella.
-No lo conocí.
-Tienes su misma pelambreras y además te  peinas como él. Ahora entiendo por qué pareces sacado de otra época.
Los dos, yertos, inmóviles, en silencio, frente al retrato. Santos rompió aquella camal:
-María Salazar quedó embarazada de mi padre cuando trabajaba en la casa de la finca Torre Alta.
-Ya lo dijiste en comisaría.
-¡Me gustaría que la conocieras!
Carmen cerró los ojos, guardó silencio. Santos podía escuchar cómo el aire entraba con dificultad por su pequeña nariz. Podía percibir esos detalles aunque nadie más se percatara de ello. Carmen se giró, se miró en los ojos de Santos, en ese momento sintió como si ella fuese la tela y él fuese el pespunte, y carraspeando dijo:
-¿No tienes nada de beber?
-Si. En la cocina habrá algún refresco.
Santos permaneció de pie mirando el retrato de su padre, Carmen caminó hasta la cocina. Santos  escuchó abrir la puerta de la nevera, luego la puerta de algún armarios, después el sonido de los hielos contra el cristal y otro sonido diferente que no encajaba, un click,  tenía que ser el bolso, pero ¿Por qué lo abría? Carmen extrajo de él un pequeño frasco. Desenroscó el tapón. Sabía que unas gotas de su contenido podían dejar a un hombre fuera de juego; dolores de cabeza, náuseas, pérdida de memoria. Lo suficiente para poder controlar ella la situación.
Desde sus primeros años en el hospicio de las monjitas -y luego en el orfanato-  sólo recordaba mentiras y abusos. ¿Acaso alguien se había preocupado alguna vez -en serio- por ella? ¿Qué ganaba Santos con hacerle creer  aquella historia que contaba? En realidad, cuando se acercó a Santos en bar, ella solo buscaba pasar un buen rato, y ahora ese hombre se había empeñado en ser su hermano. Era absurdo. ¿Pretendía reírse de ella?
Sin querer repasó mentalmente toda la historia que Santos contaba sobre los Salazar. Era curioso que  las monjas hubiesen escogido el mismo apellido para ella. En el hospicio a casi todos los apellidaban Expósito, o con el nombre de algún pueblo de la comarca, y de nombre  les ponían el santoral del día, pero ¿Salazar? ¿Por qué Salazar?
Era extraño, pero más extraño era que se lo estuviera planteando, por un instante su cabeza empezó a divagar; Santos y ella tenían eran de la misma edad. Las dos madres embarazadas al mismo tiempo… Si, Las fechas en que María dejó a su hija en ese mismo hospicio podían coincidir, y luego estaba la marca de nacimiento…la misma marca que se dibujaba en la piel de Santos… Estaba empezando a delirar,  era una idea absurda. Aquel hombre le estaba contagiando su locura, después de todo la marca en el brazo era sólo parecida, a la del torso de Santos… Y el suyo tampoco era un apellido tan raro, además, en aquellos tiempos los orfanatos recogían niños casi a diario; hijos de violaciones, huérfanos de padre, hijos no reconocidos o de madres en dificultades…La suya podía haber sido cualquiera, ¿Por qué iba a ser justamente María Salazar? Todo aquello solo podía ser una simple coincidencia.
Miró el frasco de nuevo y, sin quererlo, una pequeña sonrisa comenzó a brotar en las comisuras de sus labios. De pronto, recordó la historia del abuelo Salazar… la idea de haber tenido un antepasado capaz de negarse a fusilar en plena guerra le pareció fascinante, pero solo un momento, enseguida se sintió un poco estúpida por ello. En cualquier caso el abuelo Salazar, debía de haber sido un hombre con verdadero coraje, había que reconocerlo. En aquellos tiempos de guerra, atreverse a soltar un puñetazo a todo un teniente de artillería, no era nada banal… Su abuelo…no estaría nada mal… si le dieran a elegir, sin duda, habría elegido un hombre de esas características, un hombre con principios ¿Por qué no? Tal vez, después de todo, en ella también habitaba algo bueno y digno.
Tendría que replantearse aquella idea tan enquistada en su corazón, y admitir que no todos los hombres son unos cerdos. No. Santos no tenía pinta de ser uno de esos hombres. Parecía muy distinto a todos los que ella había conocido hasta ahora…Un poco más chiflado, más callado, más antiguo… Si, pero inofensivo, de eso estaba segura. Tal vez, en el fondo se sentía muy solo, después de todo él también era huérfano ahora ¿Y por qué iba Santos querer hacerle daño? ¿Por qué iba a aprovecharse? No, desde luego que no, como tampoco podía negar que el aspecto trasnochado y descuidado de aquel hombre la atraía.
Carmen cerró el frasco, no lo necesitaría. Había tomado esa decisión.
Santos estaba en el mismo lugar, de pie, frente al retrato de su padre, ella salió de la cocina y le ofreció uno de los vasos.
-¿Aún estás vestido?- preguntó, y luego soltó una pequeña carcajada  -no te asustes, es broma- dijo, pero Santos pudo observar en su ojos un fondo de tristeza. Podía reconocer esa emoción.
-Me gustan los hombres serios. ¡Toma… no voy a comerte!
Santos tragó saliva y cogió el vaso. Ella levantó el suyo.
-¡Por la familia!
La luz de la tarde se colaba por la persiana a medio bajar, iluminando los hombros de ella. Santos no iba a dejarse engañar tan fácilmente… Podía ir a la cocina con cualquier excusa y mirar en el bolso.
El vaso de Carmen permanecía levantado.
-¿Te pasa algo? ¡Ya has puesto otra vez esa cara tan rara!
Santos levantó la mirada y se quedó  esperando un gesto de reproche, en su lugar encontró una sonrisa amplia y serena que le infundió seguridad.
-Ya te has ido a tu mundo... A ese sitio donde nadie más puede entrar.
Santos trató de apartar aquellos pensamientos de su cabeza, tenía que desterrarlos y seguir respirando, nada más. Tenía que confiar en ella. Dio un largo sorbo de refresco. Los ojos de Carmen brillaban con pasión y tristeza al mismo tiempo, luego alargó una mano y enredó sus dedos en el cabello de él. Por un instante, los pensamientos de Santos se detuvieron dentro de su cabeza. Cerró los ojos. Ella olía a chicle y sudor.
“Espero que esta vez no te desmayes”, susurró, y con su otra mano desabrochó un botón de su camisa, como si se dejase llevar, simplemente, como cuando alguien hace algo sin pensar, solo porque le surge hacerlo, igual que las libélulas antes de comenzar el baile del viento, la danza del aire y del amor, y suben y bajan como los ángeles cuando están cansados de ser ángeles.
Santos abrió los ojos. Se sintió ligeramente mareado, pero no era por la bebida. Dejarse llevar es importante. Y aquella idea se repitió de nuevo en su cabeza, mientras los labios de Carmen estaban cada vez más cerca, avanzando, como cuando la gente se deja llevar por un impulso y hace algo sin pensar. Aquella idea volvía de nuevo. Podía respirara el aroma de su aliento. Muy cerca. Colocó su mano sobre la boca de ella.
-No. No podemos continuar, entiéndelo….
Lo labios de Carmen se plisaron hacia adentro. Santos frunció el ceño.
-Somos hermanos.

/// Fin de la DECIMA entrega.///  la siguiente en un par de días.
Para leer las entrega anteriores  y/o todo el contenido del blog:
http://blogdelalobarra.blogspot.com.es/
o desde el enlace "PAGINA PRINCIPAL" situado bajo la foto de portada


miércoles, 14 de diciembre de 2016

""EL BAILE DE LA LIBELULA"" (IX)


 El más alto de los agentes dio varios pasos atrás, y apretando el micrófono de la emisora a la boca cuchicheó con quien estaba atendiendo la llamada. En menos de dos minutos se escucharon los pasos acelerados de varios agentes más,  los vecinos s asomaron por las ventanas y otros hasta salieron a la puerta de sus casas. Santos gemía tapándose la cara con las manos, no sabía si era mejor respirar o dejar de hacerlo, su cabeza era un tío vivo de feria, no solo por las vuelta que daba, sino también por el ruido de aquella música que no entendía. A Santos se lo llevaron en volandas, como si fuese la imagen de un santo milagrero que es sorprendido por la lluvia mientras lo llevan en procesión, hasta el corche de la policía.  Cinco minutos más tarde estaba sentado en una silla en un calabozo, con las manos sobre las rodillas, y la mirada fija en el blanco del techo de la comisaría. Solo le molestaba y acrecentaba su nerviosismo el olor a desinfectante que provenía del suelo recién fregado. Un hombre, ancho de espaldas, vestido con traje claro, de gesto cansado y manos grandes se sentó frente a él.
-Soy  Jiménez, el inspector José María Jiménez. ¿Sabe usted porqué está aquí?
Santos, sin bajar la mirada del techo, contestó:
-Porque he matado a la señorita Carmen Salazar.
El policía, se levantó de la silla, cogió aire y apoyó las manos sobre la mesa
-Y dígame ¿cuándo mató usted a esa señorita?
- Fue el Martes, sí el Martes pasado en la calle Tetuán, esquina con la avenida Conde de la Corte, frente a la Iglesia d la Candelaria
- El policía tras un brevísimo silencio, dijo: Bueno, bueno… Está bien… de acuerdo, déjeme anotar, y cómo la mató usted?
La mirada de Santos continuaba haciendo equilibrios en un alambra imaginario que atravesaba el techo de aquella habitación de la comisaría, como si estuviese  contemplando algo que sólo él podía ver.
-No lo recuerdo.
-Ya, ya… no importa. Podría decirme  dónde está el cuerpo.
Santos, como si bajase en paracaídas, muy lentamente fue bajando la mirada del techo hasta los ojos grises del policía.
-Ya se lo he dicho antes.
-Claro, claro… Tranquilicese.
-Se lo acabo de decir.
-Si, si… Tranquilícese.
-Es que ya se lo he dicho antes. El número de la casa no lo recuerdo.
-Bien, bien, hora quiero que se centre.
Santos, impetuosamente se puso en pie. Por su cabeza comenzaban a pasar otra vez todo tipo de imágenes
-¡Siéntese ahora mismo! Y dirigiéndose a uno de los guardias dijo amenazante: ¡Espose a este hombre!
En cada imperfección de la pared fría y blanquecina del calabozo,  en cada sombra, encada sombra de la sombra de su sombra, Santos veía el paisaje de aquel camino con curvas que le llevó a “Torre Alta”. Podía adivinar el gesto de  Feliciano tocándose la gorra. En definitiva, hasta ver las zarzas -sin moras- creciendo en las paredes de la casa de María Salazar mientras que ella planchaba delantales negros. Tan negros, que de puro negro, eran de un luto breve en el tiempo y largo, muy largo, en el sentimiento, como el del cualquier madre que pierde a un hijo. Manchas en la pared y sombras, descascarillado que se tornan siluetas y presencia imaginaria de lo que Santos no se atreve ni tan siquiera a recordar. Sintió un profundo cansancio. Pensó en desconectar su alma del cuerpo y su razón de la sinrazón de aquella locura. Tenía la cabeza trastocada, tan revuelta como el cuarto Carmen Salazar, a la que, una y cien veces más su recuerdo mostraba desnuda, blanca, encogida sobre si en el espacio insignificante entre la cama y la pared. Estaba muy cansado, en aquellas semanas le habían pasado más cosas que en toda su vida. Se acostó en el camastro del calabozo, necesitaba detener  aquella huida hacia adelante, que sin pensar en las consecuencias, había emprendido.
Jiménez, el inspector Jiménez, no apareció por el calabozo hasta casi el mediodía. Santos, que permanecía tumbado, abrió los ojos y pudo verle apoyado en la puerta pared, se encorvaba hacia adelante mientras encendía un cigarrillo. En su rostro se dibujó una expresión de contrariedad, como cuando compruebas el resultado de un sorteo y ves que no eres el afortunado. Tras la primera vaharada de humo comenzó a hablar con voz de tormenta.
-Hemos estado en la dirección que usted nos facilitó; en la calle Tetuán, frente a la Iglesia de la Candelaria. Después de hablar con varios vecinos, estos nos han asegurado que el único fallecimiento ha sido el de un hombre mayor,   al parecer vivía solo, y su deceso fue hace más de una semana,  aunque su cuerpo no ha sido encontrado hasta ayer, cuando la auxiliar de ayuda a domicilio, que lo atendía, dio parte porque el pobre viejo no le abría la puerta. A la que sí hemos encontrad en su domicilio, una casa más arriba de la del anciano fallecido, es a la señorita Carmen Salazar. Después de pedirle disculpas por molestarla y de explicarle todo este embrollo que usted se trae y se lleva… !A saber por qué! Dice que sí… Que sí lo conoce a usted.  Amablemente nos ha acompañado hasta aquí y está en mí despacho porque quiero aclarar todo este asunto de una vez.
Un silencio de ataúd llenó el calabozo, se podría decir que aquel silencio rebosaba por la puerta y por la pequeña ventana que daba a un patio interior. Por dónde únicamente no se derramaba era por la cabeza de Santos, ahora, después de la parrafada de Jiménez, estaba aún más confundida. Santos, más descansado, hizo un esfuerzo y simuló creer aquellas palabras.
¿Se encuentra usted bien?  Le Preguntó Carmen.
Después de escuchar toda la historia que Santos había contado, Carmen Salazar permaneció muda durante un buen rato. Su mirada estaba anclada en las arrugas del mantel azul como un barco prisionero por el réquiem de sirenas. Parecía hipnotizada por el reflejo de las copas de cristal.  Santos  antes de ojear  la carta le llenó copa de vino.
-No debí aceptar verte de nuevo.
Santos bajó la cabeza. Un intento en vano de encontrar en el azul del mantel la magia de aquellas sirenas imaginarias.
-Te he contado toda la verdad, sin poner ni quitar. Tal y como yo la he sentido.
Ella, incómoda, se revolvió en la silla, sin quitar la vista del brillo rojo del cristal de la copa.
-Es la segunda vez que nos vemos. Ni me conoces ni te conozco de nada, y vienes  contando que  has conocido a mi madre, que estuvo trabajando en una finca que ahora es de tu propiedad… ¿Crees que eso es normal? Eres un tío raro, peculiar, extravagante... Raro. Primero sales corriendo y me abandonas, me dejas tirada en mitad de uno de mis  episodios epiléptico,  encima sin darte cuenta que estaba medio desangrada por la regla, ¿Tu sabes que es la regla y que a mi edad lo mismo viene que se va sin previo aviso? ¿Tu que te las da de listo aprendiste que a las mujeres se nos bajan las defensas y que, quizás por esos mis convulsiones son cada vez más recuentes y mi sangrado más abundante?... Tu… tu que vas a saber… Seguro que la única mujer que ha rozado tu piel haya sido la pobrecita de tu mamá. Y ahora,  me vienes con esta historia. En serio, ¿Nunca te vio un médico?
-Disculpen, ¿Van a pedir ya los señores?
Aquel restaurante, antes de serlo, fue molino de aceite. Conservaba los odres y tinajas de barro cocido en perfecto estado, en ellos se almacenó, seguramente durante muchos lustros,  el óleo profano de cientos de olivos de la comarca. Las distintas estancias: hall, bar y varios comedores, de diferentes capacidad y decoración,  estaban distribuidos en la planta baja. En el sótano, con una iluminación muy adecuada,  donde estaban apilados en orden los conos aceiteros, entre primera planta y sótano,  suelo  y techo era de cristal, un grueso y fuerte cristal que permitía caminar por encima, logrando así un efecto muy atractivo y peculiar que llamaba mucho la atención a los clientes que transitaban de una estancia a otra. Parecía como si fuesen a tropezar y caer en la barriga oscura y pringosa de aquellas enormes orzas, eran pocos los que andaban con seguridad y tranquilidad por encima de aquel inmarcesible carámbano. Era el bar-restaurante  que estaba de moda en aquellos momentos y en el que Carmen se citó con Santos después de abandonar la comisaría.
Se sentaron en un rincón bien iluminado, al fondo de uno de los comedores pequeños. Las paredes eran blancas, blanquísimas, sobre la mesa un mantel azul y bordados blancos quería soñar con ser ola de mar con festones de sal y arena. Santos sostuvo la mirada del camarero, tenía un rostro normal, sin ninguna cosa que llamase especialmente la atención, ni la boca, ni la nariz ni los ojos, todo el semblante era demasiado común y eso era, precisamente, lo que llamaba la atención. Pidieron sopa castellana y Bacalao Dorado a la portuguesa, para beber un vino de la tierra, un Ribera del Guadiana de una renombrada bodega de La Fuente del Maestre.
Sin gesticular y sin mediar palabra, el camarero, con un ademán medido y calculado descorchó la botella, sirvió un dedo de vino en la copa de Santos para que este lo probara y dieses su aprobación,  después echo el vino en la copa de Carmen, solo llenándola hasta la mitad, y volvió a la copa de Santos hasta completarla al mismo nivel. Ella Levantó la copa para beber. Tembló ligeramente. Los dedos de Carmen eran largos y delgados, sus uñas estaban sin pintar, sólo tenían un poco de brillo, como si estuvieran barnizadas.  Sobre el satén beige de la blusa cayeron dos gotitas del rojo vino.
-¡Vaya!... No me lo puedo creer.
Santos no se extrañó, era algo que ya había vivido anteriormente, y sin embargo ella se sorprendió como si no le hubiese manchado nunca.
Humedeció la servilleta y con ella frotó la mancha haciendo círculos.  La cabeza de Santos también daba vueltas en círculo, una ruleta  a la que en cada giro se asomaban el viejo Feliciano, el abuelo Salazar,  María, y el retrato del Conde. La única ausente en aquel carrusel frenético era Doña Fermina.
-Estoy convencido, sin duda alguna puedo asegurarte, aunque no lo creas, que tú  y yo somos hermanos, que somos hijos del mismo padre.
Un brillo húmedo se asomó por las pupilas de Carmen, a la vez su sonrisa fue creciendo de manera contenida, lentamente, hasta estallar en una casi muda y breve carcajada
-Perdona- dijo, y se tapó la boca con la mano.
Por un instante, Santos Cámara quedó desconcertado
-Tienes razón,  no es fácil de comprender, ni quiero que, sin más, creas a pie juntillas toda esta historia.
Carmen se puso seria y dijo:
-Mi familia vive toda en Fregenal.
Santos no pudo apartar su mirada de la de Carmen, observó detenidamente sus ojos, la postura de sus manos, el gesto de poner por detrás de sus orejas un mechón de su cabello
-Me tengo que ir.
Santos guardó silencio, siempre había preferido no decir nada cuando no tenía nada que decir. Y ahora no sabía qué decir, y sabía que sabía que no sabía qué decir, y solo podía repetirse eso para sí mismo, lentamente, sin oírse, como alguien que por primera vez se enfrenta a si mismo mirándose al espejo.  Carmen continuaba con la mirada cosida en los bordados del mantel
- Me duele un poco la cabeza, será mejor que me marche.
Carmen, muy despacio se levantó de la silla. Santos  podía percibir unos pasos acercándose a su espalda, mientras  Carmen  se alejaba entre las mesas.
-¿Está todo bien, caballero?
-“No está bien”, pensó, o dijo. A veces no estaba muy seguro de que si lo que pensaba lo decía, o al contrario. El camarero lo seguía mirando y preguntó que si retiraba un servicio y anulaba la comanda, le temblaba ligeramente la mano.
Carmen se alejaba sorteando las últimas mesas del comedor. A Santos  le pareció escuchar el tintineo de las lámparas con lágrimas de cristal que colgaban   del techo, las piezas trasparentes rozándose unas con otras, como cuando alguien no sabe muy bien que pensar.  Pensó que con Carmen no sabía qué pensar. No iba por ahí preguntando a la gente qué cosas les parecía importante y que cosas no. Era solo que no podía dejar de fijarse en los detalles, incluso ahora, y podía percibir la manera en que la nuez del camarero se desplazaba bruscamente para dejar pasar la saliva, mientras él se levantaba de la silla. Dejó un billete de 20 euros sobre la mesa y comenzó a caminar detrás de Carmen.
Cuando Santos salió del restaurante Carmen iba ya cruzando la calle. La alcanzó, y en silencio caminó a su lado unos pasos.
-¿Qué quieres ahora?
-Tienes que escucharme, nuestro encuentro no ha sido casual.
Carmen no se inmutó y continuó caminando acelerando el paso, quizás  porque estaba acostumbrada a encontrarse con bastantes locos en su vida, pero este era, pensó, el caso más grave que había conocido.
-Verás- dijo sonriendo- es mejor que nos olvidemos de todo esto.
-Tu familia no vive en Fregenal.
Las pupilas de Carmen Durán se dilataron de repente y volvieron a brillar, pero esta vez no sonreía.
-Está bien. Soy huérfana. Ahora ya lo sabes todo.
-Sí, lo sé. Tu madre te dejó en un convento.
El bolso de Carmen se descolgó de su hombro.

----
/// Fin de la NOVENA entrega.///  la siguiente en un par de días.


Para leer las entrega anteriores  y/o todo el contenido del blog:
http://blogdelalobarra.blogspot.com.es/

o desde el enlace "PAGINA PRINCIPAL" situado bajo la foto de portada

miércoles, 7 de diciembre de 2016

"EL BAILE DE LA LIBELULA" (VIII)

A Santos le sobraban razones -y le hacían falta pretextos- que justificaran su encuentro con Carmen. Era un recuerdo convertido en una obsesión omnipresente en todos los segundos de su tiempo y en todos los acontecimientos, incluidos los solo imaginables. La había conocido tres días antes, en Zafra, el bar de la esquina de la avenida Conde de la Corte y la calle Tetuán, frente a la Iglesia de La Candelaria.

Ese dato no lo había olvidado. Solía frecuentar esas calles porque el pisito de la Plaza Chica estaba al lado. En aquella zona había siempre menos bullicio y menos gentes que en la placita donde estaba la vivienda. Cuando pasaba por la puerta del bar solía mirar hacia el interior. La clientela eran jóvenes empresarios acompañados por sus secretarias y algunos viajantes -a los que ahora se llama comerciales- buscando clientela, unas veces entre los jefecillos y otras entre sus distinguidas oficinistas. Miraba aquella escena a través del cristal del enorme escaparate que hacía que el bar se prolongara hasta la misma acera. Sin extrañeza observó las faldas ajustadas de las jóvenes acompañantes, insinuaban piernas de gemelos fuertes, y las manos graciosas como libélulas aleteando en un baile de eterno cortejo, jugando a apartar a algún mechón de cabello de la cara, luego salían del bar, giraban en la esquina y se perdían tras la puerta del primer portal.

Aquella tarde Santos no siguió el camino de costumbre, sin saber porqué empujó la puerta y se encaminó hacia la barra del bar. Desde un taburete giratorio, cruzando sus manos sobre las rodillas se dispuso a observar más de cerca. Las jóvenes secretarias iban y venían entre risas contenidas y sonrisas disimuladas tras el cristal de un vaso de Martini. Pasaban rozando sus rodillas, tanto que podía respirar los aromas que destilaban por su piel blanca y sedosa. Podía oler el perfume de sus cabellos y contemplar sus gestos delicados mientras daban mordiscos a una patata frita tratando de hacer el menos ruido posible.

Santos era consciente de que no le habían enseñado, que no había aprendido, a cómo comportarse en aquella situación, pero no le importó demasiado, era como si en el fondo, por primera vez, se sintiese cómodo sintiéndose incómodo. Pensó que sólo tenía que dejarse llevar, como un bailarín cojo. A Carmen Salazar parecía resultarle divertida la situación. Así debía ser por la manera en que su sonrisa asomaba con frecuencia en el rostro mientras lanzaba una y otra mirada a Santos.

Comenzaba a recordar aquel encuentro. No era como él intuía, sino de una manera diferente a como habitualmente recordaba las cosas. Había guardado en su memoria cada detalle, cada milímetro de tiempo, y a la vez todas las sensaciones y emociones que iban unidas a cada gesto, a cada comportamiento. Podía escuchar su risa con nitidez, como se escucha el grito de las estrellas cuando se van quedando sin luz que regalar a la oscuridad. Siempre quise escribir esto: Las estrellas son esclavas de la oscuridad. “Me gustan los hombres cuidadosos” escuchó, como un eco dentro en su cabeza, y la recordaba sonriendo mientras él doblaba su chaqueta de entretiempo sobre una silla de aquella casa tan desordenada. Luego la siguió hasta la cocina. Ella abrió un armario, cogió una sartén, bajó un poco la cabeza, “no paras de mirarme” –dijo- y sacó de la nevera dos hamburguesas envueltas en plástico trasparente, “me vas a desgastar” –añadió- y giró un poco la muñeca, como si espantase a una libélula disfrazada de mariposa.

Cenaron sentados en el sofá.. Apoyaban los platos en una mesita baja con cuerpo metálico y alma de cristal. A ella, cuando se inclinó para morder la hamburguesa, de entre los panecillos resbaló una gota de mahonesa que fue a parar a su vestido. Con naturalidad bajó la cabeza hacia la mancha, y se quedó sorprendida, como si aquella fuera la primera vez que se manchaba en toda su vida. “No me lo puedo creer” –dijo- con la mano derecha en alto sujetando la hamburguesa.
Aquella imagen volvía, una y otra vez al recuerdo de Santos. Los dedos grasientos llenos de mahonesa volvían como una pelota que choca contra una pared, y regresa. Pero ahora ella no estaba. Se vio a sí mismo quieto, como si de alguna forma el pasado no hubiese sido aún. Por un instante, le atravesó la idea de que ya nunca más volvería a ver con vida a Carmen Salazar. Tenía que tranquilizarse. Saltó del taburete y pidiendo disculpas fue haciéndose hueco hasta salir del bar.

El pisito estaba cerca, giró en la esquina y casi sin darse cuenta se encontró en su habitación. Dejó con cuidado su chaqueta de entretiempo colgada en el respaldo de una silla, mientras, otra extraña idea comenzaba a tomar forma en su cabeza, no era sólo un pensamiento o una sensación, Santos recordó aquel pequeño aseo de azulejos blancos donde se lavó las manos llenas de sangre. El silencio era completo, era tan grande y mudo como el suspiro de la rosa cuando deja de ser flor. Santos descolgó la chaqueta y la puso sobre la cama, dobló una manga y pasó su mano sobre ella. Luego la otra, usando los mismos movimientos, exactamente los mismos, tratando de quitar toda arruga. Volvió a doblarla dos veces más y la llevó con ambas manos hasta el armario. Cuidar la ropa es importante -escuchó dentro de su cabeza- De repente se detuvo, miró el espacio que queda entre la cama y la pared y recordó el cuerpo de Carmen, encogido, blanco, muy blanco, como abrazándose así mismo. El no podía haberla matado. Cerró la puerta del armario con tanto cuidado como el que cierra la puerta de una jaula para impedir que se le escape el jilguero. Trató de respirar. Luego se quitó el pantalón. En la pernera derecha tenía una arruga y trató de corregirla soplando la tela y estirándola con fuerza, pero entonces ya era tarde. El rostro de un anciano se estaba dibujando en la pared. Santos sintió que las piernas ya no le sostenían. Llevaba demasiadas horas sin dormir. Trató de bajar las persianas, pero el viejo salió de la pared empuñando un fusil. Dentro de su estómago una sensación de calor comenzó a crecer como un globo en la boca de un niño. Un temblor se apoderó de su cuello, no podía sacar la voz de su garganta. El abuelo Salazar le apuntaba con su fusil. Por fin, un desgarrador grito pudo huir, como alma que se lleva el diablo, desde su pecho a la nada de aquel aire que le abrasaba por entero. Los brazos de Santos se abrieron en cruz y sus ojos se clavaron en el techo. Volvió a gritar repetidamente, cada vez con más ahínco, cada vez con un alarido más largo. Los gritos se extendían por el pasillo y cruzaron hasta el portal de la calle, mientras a su cabeza acudían la gente de la Plaza Grande bailando y festejando a San Miguel, todas gritando al ver al abuelo Salazar corriendo desnudo empuñando una escopeta con la que apuntaba a diestro y siniestro, a la vez ese recuerdo se mezclaba con el de Carmen manchándose un vestido y otro y otro más… Había perdido el sentido dl tiempo.

Pasado un rato, el sonido del timbre y los golpes en la puerta devolvieron a Santos al presente. El reloj de la mesilla marcaba las cinco de la madrugada. Cuando se pudo poner en pié el abuelo Durán ya había desaparecido y Carmen tampoco estaba. Al otro lado de la puerta dos agentes de la policía local le miraban fijamente.

-Buenas noches. Tenemos un aviso por gritos, ¿está usted solo?
Santos, por fin, pudo respirar.
-He cometido un crimen.
----



 /// Fin de la octava  entrega.///  la siguiente en un par de días.
Para leer las entrega anteriores  y/o todo el contenido del blog:
http://blogdelalobarra.blogspot.com.es/
o desde el enlace "PAGINA PRINCIPAL" situado bajo la foto de portada